La mujer que antecedió a Drácula

Por Felix Kristia | Imagen: (extracto de) Ilustración por D. H. Friston


Resulta hasta cierto punto sorprendente que un siniestro personaje de apariencia humana, que se mantiene con vida gracias a la sangre de inocentes, haya podido alcanzar un puesto tan alto dentro de la cultura popular. Por supuesto que el vampiro no es una creación de Bram Stoker, su obra simplemente es la más famosa acerca de este fantástico ser, humilde -y a veces ridículo- heredero de antiguas entidades mitológicas sedientas de sangre, tan recurrentes en el subconsciente humano de nuestros ancestros como respuesta al temor hacia la muerte y a lo que se oculta. Las bases que han creado al vampiro moderno se pueden rastrear desde la aparición de la literatura conocida como gótica, que en términos generales era bastante mediocre y predecible, pero contaba con gran popularidad entre las masas a diferencia de la otra literatura romancista de la época que se iba desenvolviendo en círculos un poco más selectivos. Afortunadamente para el género, con el paso del tiempo encontraría grandes exponentes y obras icónicas como el caso de Mary Shelley y su moderno Prometeo, o Charles Maturin con Melmoth, hasta llegar a su mayor esplendor con Poe. Entre las características que definen a esta literatura de terror incipiente se encuentran una serie de recurrencias y estereotipos tales como: el castillo tenebroso, las noches de tormenta, las maldiciones familiares, los absurdos que intentan explicar lo paranormal, y un desenlace heroico y/o romántico enraizado a la moral de la época. Gracias a estos recursos haría su aparición, casi naturalmente, la encantadora criatura que llamamos vampiro, encontrada en obras como “Christabel”, de Samuel Taylor Coleridge, escrito en 1797; pasando por el poema “El Giaour” de Lord Byron, escrito en 1813, y los relatos de “Varney el vampiro”, 1845; hasta la llegada de “Carmilla” y finalmente de “Drácula”. Los que llegaron después no valen la pena (porque dan pena) mencionarlos.

25 años antes de que Drácula fuese publicado, vio la luz una novela corta titulada Carmilla (1871), escrita por Joseph Sheridan Le Fanu e incluida por partes en una revista literaria mensual; posteriormente aparecería en su libro de relatos “In a Glass Darkly”. Le Fanu fue uno de los que mejoraron la literatura gótica, pues intentó deshacerse de la atmósfera oscura mal lograda, así como de otros clichés que caracterizaban a los cuentos de terror; aunque tal vez simplemente fue su destreza como escritor la que lo hizo destacarse como autor. La novela obtuvo su inspiración de los diversos relatos y poemas de vampiros que se habían estado escribiendo durante ese mismo siglo, así como de la fascinante historia de la condesa Bathory. Si hemos de decir que Drácula obtuvo bastantes recursos de Carmilla, también es lícito añadir que Carmilla toma inspiración del poema Christabel (1797-1800), por lo menos en varios de los elementos básicos de la trama, más no en el estilo literario.

El relato es narrado por su protagonista, Laura, quien vive en un solitario castillo junto a su padre y algunos criados. El recuerdo más antiguo que posee fue lo que aconteció en una noche cuando tenía 6 años. Se trataba de ella despertándose en su dormitorio, encontrando a una hermosa joven acostada junto a ella, y luego, calmada, se volvió a dormir. Poco después (en el mismo recuerdo) despertó repentinamente por haber sentido como si dos agujas se hubieran incrustado en su pecho (después se habla que fue en el cuello) y gritó. Al entrar las criadas no encontraron a nadie más que a Laura en la habitación y la calmaron diciéndole que se había tratado de un sueño. Laura tiene 19 años cuando ocurren todos los acontecimientos de la historia. Durante una tarde, un carruaje que parecía pertenecer a alguna persona de alto rango, sufre un accidente cerca del castillo. Adentro iban una misteriosa dama con unos extraños ayudantes y su hija; ésta última queda inconsciente a causa del accidente. La dama les dice a los presentes que no puede atrasar su viaje por ser de vital importancia, por lo que el padre de Laura, bajo petición de ella por los deseos de tener una amiga, le ofrece a la dama cuidar de su hija hasta su regreso. Más tarde en el castillo, la joven, de nombre Carmilla, recupera el conocimiento y cuando Laura la visita en su dormitorio no puede contener su horror al reconocer en Carmilla el rostro de aquel supuesto sueño de su niñez. Con el pasar de los días las dos muchachas desarrollan una amistad íntima, incluso se llegan a sentir una clara atracción amorosa. Pero los inusuales comportamientos y exigencias de Carmilla que van aconteciendo a lo largo de la historia, así como la información acerca de una peculiar familia noble de siglos atrás, van creando un ambiente de preocupación en la zona y en el castillo, al mismo tiempo que la salud de Laura se va deteriorando.

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Ilustración por D. H. Friston para la revista The Dark Blue, 1872

 

Uno de los aspectos que destacan en la obra de Le Fanu es el de haber tocado el tabú del lesbianismo, como veremos en los siguientes extractos.

Se sonrojaba y me miraba con ojos ora lánguidos, ora de fuego. Su conducta era tan semejante a la de un enamorado, que me producía un intenso desasosiego. Deseaba evitarla, y al propio tiempo me dejaba dominar. Carmilla me cogía entre sus brazos, me miraba intensamente a los ojos, sus labios ardientes recorrían mis mejillas con mil besos (…)

-¡Qué romántica eres, Carmilla! -exclamé. Cuando me cuentes la historia de tu vida, estoy segura de que será como si me leyeras una novela de amor.

Me besó silenciosamente. (…)

-Nunca me he enamorado, y nunca me enamoraré -afirmó Carmilla-. A no ser que me enamore de ti.

 

Aparte de elementos ya conocidos en las historias de vampiros tan popularizados por Drácula, como los colmillos para extraer sangre o la transformación en animales nocturnos, también tenemos otras similitudes ahora recurrentes en estos personajes.

La repulsión por las cruces:

Los caballos, que marchaban a una velocidad vertiginosa, se desviaron asustados al ver la cruz, arrastrando las ruedas contra las raíces salientes del árbol.

 

Un médico bastante informado:

El General: (…) se me acercó el viejo médico de Gratz. (…). Dijo que tenía la seguridad de no equivocarse: no existía ninguna enfermedad con aquellos síntomas, y la muerte de mi sobrina era inminente. (…) Si lograba detener el proceso fatal, quizá pudiese recobrar las fuerzas. Pero, en su estado actual, bastaría otro ataque para extinguir la última llama de vida.

¿Y de qué naturaleza es el ataque a que alude usted? -le pregunté.

En esta nota se lo explico todo. Llame a un sacerdote, abra y lea la carta solamente en su presencia.

 

La inmortalidad y el triunfo de la estaca:

Se abrió la tumba de la condesa de Karstein. El general y mi padre reconocieron en ella a la bellísima y pérfida invitada. A pesar de que llevaba enterrada más de ciento cincuenta años, sus facciones estaban llenas de vida. (…)

El féretro de plomo estaba lleno de sangre, que empapaba al cadáver. Se trataba de un caso irrefutable de vampirismo. De acuerdo con las antiguas prácticas, alzaron el cadáver y atravesaron su pecho con una estaca. Luego le cortaron la cabeza, y del cuello seccionado brotó un chorro de sangre. A continuación colocaron el cuerpo y la cabeza sobre un montón de leña y le prendieron fuego (…).

 

La figura del vampiro ha evolucionado con el paso de los años, aunque es hasta en épocas más o menos recientes donde logra convertirse en un ser integralmente definido de la mitología contemporánea. Así que para todos los fanáticos de tal criatura, o bien, de la literatura gótica, no está de más saber que antes de un conde vampiro, hubo una condesa vampira.

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